Cada día en el campo camino entre
14 000 y 16 000 pasos. Si el terreno fuera plano no sería una gran caminata,
pero como es monte, con barro y piedras, sí resulta bastante pesada. Los
primeros días usé unas botas con punta y plantilla de metal. Cada una pesaba
más de un kilo, así que mis pasos eran lentos y casi no podía saltar. Imaginaba
que estaba entrenando mejor, supongo que por el peso de las botas. Luego de dos
días empezaron a salirme ampollas a los lados de los pies, por lo que me puse
curitas los siguientes dos días. El dolor por las ampollas cedió con las
benditas, pero ahora me dolían los pies porque me quedaban más apretados,
también por culpa de las dichosas curitas. Mis pies son como un par de camotes: gruesos y
medio morados, como de hombre de Neandertal. A pesar de mis pies cavernarios,
ya no podía soportar el dolor y la inflamación, así que le pedí al logístico
que me consiguiera botas de jebe de pescador. Ese mismo día me trajo unas
Venus.
Con las Venus, que son una marca de Ecuador, empecé a correr como liebre por el bosque. Estas botas no pesan nada, así que empecé a andar por la trocha con la agilidad de un jovencito de veinte años. Nada me podía detener; pero craso error. Cuando llegaron las piedras y las ramas, entendí que las Venus se sentían ligeras, pero al precio de no tener protección en la planta. Las piedras se me clavaban como si estuviera en chancletas. Las primeras las pasé casi desapercibidas, pero luego de cinco kilómetros de pedregal, las almohadillas de mis pies empezaban a sentir cada paso como una tortura. Llegué al campamento decidido a seguir caminando, aunque me sangraran los pies, pues mi misión era ver el trabajo de las cuadrillas de limpieza. «A la mierda, Túpac, si te sangran los pies te pondrás más curitas o vendas, pero no vas a dejar de ir al campo». El macho alfa supervisor de mis treinta y tantos había despertado y era invencible... obviamente, en mi cabeza. A la mañana siguiente le saqué las plantillas a una zapatilla y eso alivió el dolor, no a cero, pero sí a un nivel tolerable.
Ya transcurrió una semana; no he bajado el ritmo, pero tampoco lo he subido. Todos los días visito el campo dos veces y marco mis pasos en mi reloj inteligente (smartwatch), made in China. Ya no soy un joven, pero no me he rendido y, rozando los cincuenta y más, a este lobo solitario le quedan muchas batallas por delante. Algún día dejaré el manto, pero todavía no ha llegado ese momento. Aún me queda mucha energía para saltar charcos o rescatar mis botas hundidas en el fango. Mis días de campo no han terminado y sé que soy necesario. Por fortuna, ahora entiendo cómo funcionan muchas medicinas y siempre llevo mi pastillero conmigo: una para la energía, otra para la inflamación, otra para el dolor de cabeza, una más para las alergias y mi fiel Bismutol que jamás me abandona. Como diría mi abuelo Julio: «No estoy viejo, solo estoy usadito».
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Ayer hablé con el equipo y les
expliqué la importancia de reír en el trabajo. Las personas felices trabajan mejor,
estoy convencido de eso. Hoy, en la charla, les hablé sobre Dios y sobre cómo
se pronuncia su nombre. Para los que no lo sepan, el verdadero nombre de Dios
no tiene vocales y se pronuncia como una inhalación y una exhalación. Lo que
significa que venimos al mundo diciendo su nombre y nos vamos de la misma
manera (Maravilloso). No estoy diciendo el nombre de Dios en vano, pero es muy
agradable saber cómo se llama. Pido una bendición para todas las personas que
leen mi blog; juntos hacemos la comunión de los santos.
TUPAQ




Me ha gustado mucho leer estas líneas. Me identifico bastante con ese sentimiento de seguir adelante, aun cuando el cuerpo empieza a recordarnos que ya no somos los mismos de antes.
ResponderBorrarHoy, ya retirado de mi actividad profesional y dedicado a la docencia —un camino nuevo para mí—, también sigo avanzando. Cambié el campo por las aulas, las jornadas de trabajo por clases y experiencias nuevas, pero conservo la misma convicción: todavía hay mucho por hacer, mucho por aprender y, sobre todo, mucho que aportar.
Quizá, como dices, algún día dejemos el manto, pero mientras ese momento no llegue, hay que seguir caminando, aprendiendo, riendo y disfrutando el camino.
Y sí: no estamos viejos, solo estamos usaditos. 😄