Llegué al campo hace un mes.
Estuve unos días afuera, pero casi todo el mes metido en el campamento. Hace
mucho tiempo que no soy residente en campo, pero, para recordar viejos tiempos,
decidí manejar el servicio. Los días que no estuve, vino mi amigo Max a
cubrirme. Empecé mis charlas de la mañana diciéndoles a todos: «Cada día una
enseñanza…», y luego continuaba con mi plática. Hubo días en los que pensé que
la inspiración se me acabaría; entonces rezaba, abría la Biblia y algo en mi
mente se iluminaba. Les he hablado a los trabajadores sobre cómo ser mejor
persona, cómo ser un buen líder, cómo trabajar con seguridad y cómo ser
agradecidos. Les hablé sobre creer en Dios, respetar a la autoridad e incluso
les leí una bienaventuranza.
Hoy fue mi última charla con el
grupo grande; ayer se completaron los trabajos operativos y hoy se va el grueso
del personal. Mi mente estaba en blanco, como hoja de papel bond. Abrí la
Biblia que tengo en mi celular y el versículo de hoy decía: «Encomienda a
Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados». Dejé que el Espíritu de
Dios me inundara y comencé a hablar. Esta vez fue sobre la autoridad y el
liderazgo. No los voy a aburrir relatando toda la charla, pero sí les cuento lo
más importante: «Jesucristo es el mayor ejemplo de liderazgo. Era un hombre
humilde, su padre era carpintero y, sin embargo, hasta el día de hoy las
personas lo siguen… Sean buenos padres, buenos hermanos, buenos hijos, buenos
amigos… Sean buenas personas… Yo estoy aprendiendo, me puedo equivocar, pero
las enseñanzas son divinas».
Es una pena lo que está
ocurriendo en Francia y España con la migración. Debo decir que no soy de
izquierda ni de derecha, y creo firmemente que nada justifica la destrucción de
la propiedad privada o la invasión de calles y parques; pero, sobre todo, nada
justifica alterar la paz de la gente de bien. Un ejemplo claro son las
revoluciones que hemos tenido en el Perú: buscando un supuesto bien común,
terminaron colocando bombas en zonas civiles y sembrando pánico y terror. El
fin no justifica los medios, y las ideas extremas solo han traído caos y
muerte. Ningún extranjero debería llegar a otro país a intentar cambiar su
cultura, sino a integrarse en ella y generar riqueza. En el Perú aprendimos a
la mala, y por eso los peruanos valoramos la paz. No quiero decir que el Perú
sea un país seguro —varias ciudades son peligrosas—, pero si algo no somos los
peruanos, es radicales. No se dejen engañar: el radicalismo puede vestirse con
el atuendo de la paz y, aun así, estar profundamente equivocado.
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Sé que me salí un poco del tema,
pero quería expresarme al respecto. Como les digo a mis buenos amigos, escribo
para la gente que me quiere y me respeta. No pretendo que todos estén de acuerdo
con mis ideas; escribir es, para mí, una terapia para ser mejor persona.
Emerson me volvió a decir hoy que debería enseñar: «Tienes madera, Tupaq».
Probablemente cuando sea mayor, cuando el lobo dentro de mí envejezca y sienta
que debe descansar, en ese momento decidiré ir a las aulas a enseñar lo que sé.
Por ahora, el campo todavía me llama, como lo hacen la lluvia, las cochas y las
quebradas. Hoy se cierra una historia y en unos meses empezará otra, dentro de
este inmenso ciclo que es la realidad.

Gracias a todos,
TUPAQ


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